jueves, 10 de octubre de 2013


Pinocho
Hace mucho tiempo, un carpintero llamado Gepeto, como se sentía muy solo, cogió de su taller un trozo de madera y construyó un muñeco llamado Pinocho.
–¡Qué bien me ha quedado! –exclamó–. Lástima que no tenga vida. Cómo me gustaría que mi Pinocho fuese un niño de verdad. Tanto lo deseaba que un hada fue hasta allí y con su varita dio vida al muñeco.


–¡Hola, padre! –saludó Pinocho.
–¡Eh! ¿Quién habla? –gritó Gepeto mirando a todas partes.
–Soy yo, Pinocho. ¿Es que ya no me conoces?
–¡Parece que estoy soñando! ¡Por fin tengo un hijo!
Gepeto pensó que aunque su hijo era de madera tenía que ir al colegio. Pero no tenía dinero, así que decidió vender su abrigo para comprar los libros.

Salía Pinocho con los libros en la mano para ir al colegio y pensaba:
–Ya sé, estudiaré mucho para tener un buen trabajo y ganar dinero, y con ese dinero compraré un buen abrigo a Gepeto.
De camino, pasó por la plaza del pueblo y oyó:

–¡Entren, señores y señoras! ¡Vean nuestro teatro de títeres!
Era un teatro de muñecos como él y se puso tan contento que bailó con ellos. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no tenían vida y bailaban movidos por unos hilos que llevaban atados a las manos y los pies.

–¡Bravo, bravo! –gritaba la gente al ver a Pinocho bailar sin hilos.
–¿Quieres formar parte de nuestro teatro? –le dijo el dueño del teatro al acabar la función.
–No porque tengo que ir al colegio.
–Pues entonces, toma estas monedas por lo bien que has bailado –le dijo un señor.
Pinocho siguió muy contento hacia el cole, cuando de pronto:

–¡Vaya, vaya! ¿Dónde vas tan deprisa, jovencito? –dijo un gato muy mentiroso que se encontró en el camino.
–Voy a comprar un abrigo a mi padre con este dinero.
–¡Oh, vamos! –exclamó el zorro que iba con el gato–. Eso es poco dinero para un buen abrigo. ¿No te gustaría tener más?
–Sí, pero ¿cómo? –contestó Pinocho.
–Es fácil –dijo el gato–. Si entierras tus monedas en el Campo de los Milagros crecerá una planta que te dará dinero.
–¿Y dónde está ese campo?
–Nosotros te llevaremos –dijo el zorro.

Así, con mentiras, los bandidos llevaron a Pinocho a un lugar lejos de la ciudad, le robaron las monedas y le ataron a un árbol.

Gritó y gritó pero nadie le oyó, tan sólo el Hada Azul.

–¿Dónde perdiste las monedas?
–Al cruzar el río –dijo Pinocho mientras le crecía la nariz.

Se dio cuenta de que había mentido y, al ver su nariz, se puso a llorar.

–Esta vez tu nariz volverá a ser como antes, pero te crecerá si vuelves a mentir –dijo el Hada Azul.

Así, Pinocho se fue a la ciudad y se encontró con unos niños que reían y saltaban muy contentos.

–¿Qué es lo que pasa? –preguntó.

–Nos vamos de viaje a la Isla de la Diversión, donde todos los días son fiesta y no hay colegios ni profesores. ¿Te quieres venir?

–¡Venga, vamos!

Entonces, apareció el Hada Azul.

–¿No me prometiste ir al colegio? –preguntó.

–Sí –mintió Pinocho–, ya he estado allí.

Y, de repente, empezaron a crecerle unas orejas de burro. Pinocho se dio cuenta de que le habían crecido por mentir y se arrepintió de verdad. Se fue al colegio y luego a casa, pero Gepeto había ido a buscarle a la playa con tan mala suerte que, al meterse en el agua, se lo había tragado una ballena.

–¡Iré a salvarle! –exclamó Pinocho.

Se fue a la playa y esperó a que se lo tragara la ballena. Dentro vio a Gepeto, que le abrazó muy fuerte.


–Tendremos que salir de aquí, así que encenderemos un fuego para que la ballena abra la boca.

Así lo hicieron y salieron nadando muy deprisa hacia la orilla. El papá del muñeco no paraba de abrazarle. De repente, apareció el Hada Azul, que convirtió el sueño de Gepeto en realidad, ya que tocó a Pinocho y lo convirtió en un niño de verdad.

Caperucita roja

Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperuza o gorrito de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja. Un día su madre le dijo: “Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino, llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes de que caliente el día, y en el camino, camina tranquila y con cuidado, no te apartes de la ruta, no vayas a caerte y se quiebre la botella y no quede nada para tu abuelita. Y cuando entres a su dormitorio no olvides decirle, “Buenos días”, ah, y no andes curioseando por todo el aposento.”

“No te preocupes, haré bien todo”, dijo Caperucita Roja, y tomó las cosas y se despidió cariñosamente. La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y no más había entrado Caperucita Roja en el bosque, siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo. Caperucita Roja no sabía que esa criatura pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor hacia él. “Buenos días, Caperucita Roja,” dijo el lobo. “Buenos días, amable lobo.” - “¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja?” - “A casa de mi abuelita.” - “¿Y qué llevas en esa canasta?” - “Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para fortalecerse.” - “¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?” - “Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos avellanos. Seguramente ya los habrás visto,” contestó inocentemente Caperucita Roja. El lobo se dijo en silencio a sí mismo: “¡Qué criatura tan tierna! qué buen bocadito - y será más sabroso que esa viejita. Así que debo actuar con delicadeza para obtener a ambas fácilmente.” Entonces acompañó a Caperucita Roja un pequeño tramo del camino y luego le dijo: “Mira Caperucita Roja, que lindas flores se ven por allá, ¿por qué no vas y recoges algunas? Y yo creo también que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que vas tan apurada en el camino como si fueras para la escuela, mientras que todo el bosque está lleno de maravillas.”

Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las bellas flores y el canto de los pájaros, pensó: “Supongo que podría llevarle unas de estas flores frescas a mi abuelita y que le encantarán. Además, aún es muy temprano y no habrá problema si me atraso un poquito, siempre llegaré a buena hora.” Y así, ella se salió del camino y se fue a cortar flores. Y cuando cortaba una, veía otra más bonita, y otra y otra, y sin darse cuenta se fue adentrando en el bosque. Mientras tanto el lobo aprovechó el tiempo y corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta. “¿Quién es?” preguntó la abuelita. “Caperucita Roja,” contestó el lobo. “Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor.” - “Mueve la cerradura y abre tú,” gritó la abuelita, “estoy muy débil y no me puedo levantar.” El lobo movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita y de un bocado se la tragó. Y enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas.


Mientras tanto, Caperucita Roja se había quedado colectando flores, y cuando vio que tenía tantas que ya no podía llevar más, se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella. Cuando llegó, se sorprendió al encontrar la puerta abierta, y al entrar a la casa, sintió tan extraño presentimiento que se dijo para sí misma: “¡Oh Dios! que incómoda me siento hoy, y otras veces que me ha gustado tanto estar con abuelita.” Entonces gritó: “¡Buenos días!”, pero no hubo respuesta, así que fue al dormitorio y abrió las cortinas. Allí parecía estar la abuelita con su gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña. “¡!Oh, abuelita!” dijo, “qué orejas tan grandes que tienes.” - “Es para oírte mejor, mi niña,” fue la respuesta. “Pero abuelita, qué ojos tan grandes que tienes.” - “Son para verte mejor, querida.” - “Pero abuelita, qué brazos tan grandes que tienes.” - “Para abrazarte mejor.” - “Y qué boca tan grande que tienes.” - “Para comerte mejor.” Y no había terminado de decir lo anterior, cuando de un salto salió de la cama y se tragó también a Caperucita Roja.

Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama, y una vez dormido empezó a roncar fuertemente. Un cazador que por casualidad pasaba en ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y pensó, ¡Cómo ronca esa viejita! Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó al dormitorio, y cuando se acercó a la cama vio al lobo tirado allí. “¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador!” dijo él.”¡Hacía tiempo que te buscaba!” Y ya se disponía a disparar su arma contra él, cuando pensó que el lobo podría haber devorado a la viejita y que aún podría ser salvada, por lo que decidió no disparar. En su lugar tomó unas tijeras y empezó a cortar el vientre del lobo durmiente. En cuanto había hecho dos cortes, vio brillar una gorrita roja, entonces hizo dos cortes más y la pequeña Caperucita Roja salió rapidísimo, gritando: “¡Qué asustada que estuve, qué oscuro que está ahí dentro del lobo!”, y enseguida salió también la abuelita, vivita, pero que casi no podía respirar. Rápidamente, Caperucita Roja trajo muchas piedras con las que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo despertó, quizo correr e irse lejos, pero las piedras estaban tan pesadas que no soportó el esfuerzo y cayó muerto.

Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la piel al lobo y se la llevó a su casa. La abuelita comió el pastel y bebió el vino que le trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente pensó: “Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el bosque, cosa que mi madre me había ya prohibido hacer.”




La liebre y el erizo
Sucedió un domingo de otoño por la mañana, precisamente cuando florecía el alforfón. El sol brillaba en el cielo, el viento mañanero soplaba cálido sobre los rastrojos, las alondras cantaban en los campos, las abejas zumbaban sobre la alfalfa y la gente iba a oír misa vestida con el traje de los domingos. Todas las criaturas se sentían gozosas y también, por supuesto, el erizo.
El erizo estaba en la puerta de su casa, mirando al cielo distraída mente mientras tarareaba una cancioncilla, tan bien o tan mal como suele hacerlo cualquier erizo un domingo por la mañana, cuando se le ocurrió de repente que, mientras su mujer vestía a los niños, podía dar un pequeño paseo por los sembrados, para ver cómo iban sus nabos. El sembrado estaba muy cerca de su casa y toda la familia comía de sus nabos con frecuencia; por eso los consideraba de su propiedad. Y, en efecto, el erizo se dirigió al sembrado.
No muy lejos de su casa, cuando se disponía a rodear el soto de endrinos que cercaba el campo para llegar hasta sus nabos, le salió al paso la liebre, que iba ocupada en parecidos asuntos: ella iba a ver cómo estaban sus coles.
Cuando el erizo vio a la liebre le deseó amablemente muy buenos días. Pero la liebre, que era a su modo toda una señora, llena de exagerada arrogancia, en vez de devolverle el saludo le preguntó, haciendo una mueca, con profundo sarcasmo:
-¿Cómo es que andas tan de mañana por los sembrados?
-Voy de paseo -respondió el erizo.
-¿De paseo, eh? -exclamó la liebre, rompiendo a reír-. A mí me parece que podrías utilizar tus piernas con más provecho.
Tal respuesta indignó enormemente al erizo, que lo toleraba todo excepto las observaciones sobre sus piernas, porque era patizambo por naturaleza.
-¿Acaso te imaginas -replicó el erizo- que las tuyas son mejores en algo?
-Eso pienso -dijo la liebre.
-Hagamos una prueba -propuso el erizo-; te apuesto lo que quieras a que te gano una carrera.
-¡No me hagas reír! ¡Tú, con tus piernas torcidas! -dijo la liebre-; pero si tantas ganas tienes, por mí que no sea. ¿Qué apostamos?
-Una moneda de oro y una botella de aguardiente -propuso el erizo-. Pero aún estoy en ayunas; quiero ir antes a casa y desayunar un poco; regresaré en media hora.
Y el erizo se fue, pues la liebre se mostró conforme. Por el camino iba pensando el erizo: «La liebre confía mucho en sus largas piernas, pero yo le daré su merecido. Es, ciertamente, toda una señora, pero no por eso deja de ser una estúpida; me las pagará». Cuando llegó a su casa dijo a su mujer:
-Mujer, vístete ahora mismo; tienes que venir conmigo al campo.
-¿Qué ocurre? -preguntó la mujer.
-He apostado con la liebre una moneda de oro y una botella de aguardiente; vamos a hacer una carrera a ver quién gana, y necesito que estés presente.
-¡Oh, Dios mío! -comenzó a gritar la mujer del erizo-. ¿Eres un idiota? ¿Perdiste la razón? ¿Cómo pretendes ganar una carrera a la liebre?
-¡Calla mujer -dijo el erizo-, eso es cosa mía! No te metas en cosas de hombres. Andando, vístete y ven conmigo.
¿Y qué otra cosa podía hacer la mujer del erizo? Quisiera o no, tuvo que obedecer.
Por el camino dijo el erizo a su mujer:
-Y ahora pon atención a lo que te voy a decir. Mira, en ese largo sembrado que hay allí vamos a correr. La liebre correrá por un surco y yo por otro, y empezaremos desde allá arriba. Lo único que tienes que hacer es quedarte aquí abajo en el surco, y cuando la liebre se acerque desde el otro lado, le sales al encuentro y le dices: «Ya estoy aquí».
Y estando en estas charlas llegaron al sembrado. El erizo señaló a la mujer su puesto y se fue al otro extremo del sembrado. Cuando llegó, la liebre ya estaba allí.
-¿Podemos empezar? -preguntó la liebre.
-¡Por supuesto! -dijo el erizo.
-¡Pues adelante!
Y cada uno de los dos se colocó en su surco. La liebre contó «uno, dos, tres» y salió disparada como un rayo por el sembrado. El erizo apenas dio unos tres pasitos, se agachó en el surco y se quedó quieto.
Cuando la liebre se acercó corriendo como un bólido a la parte baja del sembrado, la mujer del erizo le gritó desde su puesto:
-¡Ya estoy aquí!
La liebre se quedó perpleja; y no fue pequeño su asombro, pues no pensó otra cosa sino que era el mismo erizo quien le hablaba, ya que, como es sabido, la mujer del erizo tiene exactamente el mismo aspecto que el marido. Pero la liebre pensó: «Aquí hay gato encerrado», y gritó:
-¡A correr otra vez! ¡De vuelta!
Y de nuevo salió como un bólido, con las orejas ondeando al viento. La mujer del erizo permaneció quieta en su puesto. Cuando la liebre llegó a la parte alta del campo el erizo le gritó desde su puesto:
-¡Ya estoy aquí!
Pero la liebre, indignada y fuera de sí, gritó:
-¡A correr otra vez! ¡De vuelta!
-A mí eso no me importa -respondió el erizo-; por mí, las veces que tú quieras.
Y de esta manera corrió la liebre otras setenta y tres veces, y el erizo siempre accedía a repetir la carrera. Y cada vez que la liebre llegaba a un extremo o al otro, decían el erizo o su mujer:
-¡Ya estoy aquí!
Pero, a la septuagésima cuarta vuelta la liebre no pudo llegar hasta el final. En medio del campo se desplomó, la sangre fluyó de su garganta y quedó muerta en el suelo. Y el erizo tomó la moneda de oro y la botella de aguardiente que había ganado, llamó a su mujer desde su surco y ambos se fueron contentos a casa; y si todavía no se han muerto, seguirán con vida.
Así fue cómo sucedió que en las campiñas de Buxtehude el erizo hizo correr a la liebre hasta la muerte, y desde ese día no se le ha vuelto a ocurrir a ninguna liebre apostar en una carrera con un erizo de Buxtehude.
La moraleja de esta historia es: primero, que a nadie, por muy principal que se considere, se le debe ocurrir burlarse de un hombre inferior, aun cuando se trate de un erizo; y, segundo, que resulta aconsejable, cuando uno se quiere casar, tomar por mujer a una de su condición y que sea igual de aspecto; o sea, un erizo ha de preocuparse de que su mujer sea también un erizo, y así sucesivamente.

La liebre y la tortuga

En el mundo de los animales vivía una liebre muy orgullosa, porque ante todos decía que era la más veloz. Por eso, constantemente se reía de la lenta tortuga.
-¡Miren la tortuga! ¡Eh, tortuga, no corras tanto que te vas a cansar de ir tan de prisa! -decía la liebre riéndose de la tortuga.
Un día, conversando entre ellas, a la tortuga se le ocurrió de pronto hacerle una rara apuesta a la liebre.
-Estoy segura de poder ganarte una carrera -le dijo.
-¿A mí? -preguntó, asombrada, la liebre.
-Pues sí, a ti. Pongamos nuestra apuesta en aquella piedra y veamos quién gana la carrera.
La liebre, muy divertida, aceptó.
Todos los animales se reunieron para presenciar la carrera. Se señaló cuál iba a ser el camino y la llegada. Una vez estuvo listo, comenzó la carrera entre grandes aplausos.
Confiada en su ligereza, la liebre dejó partir a la tortuga y se quedó remoloneando. ¡Vaya si le sobraba el tiempo para ganarle a tan lerda criatura!
Luego, empezó a correr, corría veloz como el viento mientras la tortuga iba despacio, pero, eso sí, sin parar. Enseguida, la liebre se adelantó muchísimo.Se detuvo al lado del camino y se sentó a descansar.
Cuando la tortuga pasó por su lado, la liebre aprovechó para burlarse de ella una vez más. Le dejó ventaja y nuevamente emprendió su veloz marcha.
Varias veces repitió lo mismo, pero, a pesar de sus risas, la tortuga siguió caminando sin detenerse. Confiada en su velocidad, la liebre se tumbó bajo un árbol y ahí se quedó dormida.
Mientras tanto, pasito a pasito, y tan ligero como pudo, la tortuga siguió su camino hasta llegar a la meta. Cuando la liebre se despertó, corrió con todas sus fuerzas pero ya era demasiado tarde, la tortuga había ganado la carrera.
Aquel día fue muy triste para la liebre y aprendió una lección que no olvidaría jamás: No hay que burlarse jamás de los demás. También de esto debemos aprender que la pereza y el exceso de confianza pueden hacernos no alcanzar nuestros objetivos.

miércoles, 9 de octubre de 2013


LOS VIAJES DE GULLIVER - LILIPUT

Erase una vez un hombre que se llamaba Gulliver. Era médico de un barco y a menudo emprendía viajes que le llevaban a tierras muy lejanas. En uno de esos viajes, a bordo del mercante Antílope, no podía ni imaginar cuán lejos le llevaría el barco ni qué asombrosas aventuras le aguardaban.
Después de muchos meses navegando, el barco se acercó a las costas de una tierra desconocida. De pronto estalló una terrible tormenta y el viento arrojó al Antílope contra las rocas. Inmediatamente, el barco se partió en dos. Antes de que se hundiera, los tripulantes, aterrados, se tiraron por la borda. Sólo Gulliver consiguió nadar a través del furioso oleaje y llegar a tierra sano y salvo. Los otros marineros se ahogaron todos.
Una vez fuera del agua, Gulliver se arrastró por la playa. Luego, completamente agotado, quedó sumido en un profundo sueño. Al despertar, sin idea de cuánto tiempo había estado durmiendo, el sol brillaba intensamente en sus ojos. Soltó un gemido e intentó estirarse, pero comprobó horrorizado que no podía moverse. ¡Tenía los brazos, las piernas y la espesa cabellera firmemente sujetos al suelo!
Entonces sintió que algo le subía por la pierna. Levantó la cabeza cuanto pudo y vio a un diminuto personaje -no mayor que su dedo meñique-caminando sobre su pecho. Luego vio con asombro que al menos otros cuarenta hombrecillos trepaban por todo el cuerpo ¡armados con pequeños arcos y flechas!
Lanzando un enorme grito, Gulliver trató de liberarse. Rugió tan violentamente que muchos de los hombrecillos que se habían encaramado a él cayeron al suelo; los otros salieron huyendo. Pero al ver que Gulliver no podía soltarse, se volvieron y le lanzaron una lluvia de flechas, tan pequeñas y afiladas como agujas.
Los viajes de Gulliver
—¡Ay! ¡Ay! -exclamó Gulliver al sentir las flechas que le herían en la cara. Más tarde, otra rociada de flechas le dio en el pecho .y en las manos. Retorciéndose de dolor, Gulliver trató desesperadamente de romper los miles de hilos que le sujetaban al suelo.
Pero era inútil luchar: las ligaduras eran demasiado fuertes. Por fin, Gulliver se dio por vencido. Permaneció tendido en silencio y poco a poco le fue venciendo el sueño. Al cabo de un rato le despertó el ruido de martillazos. Volviendo otra vez la cabeza cuanto pudo, vio que junto a él habían construido una pequeña plataforma de madera y un hombrecillo, elegantemente vestido, se encaramaba a ella lentamente.
-¡Hilo bigismo ad poples Liliput! Ig Golbasto magnifelus Emperoribory... -gritó el hombrecillo al oído de Gulliver.
Gulliver le respondió: -No comprendo. ¿Dice usted que su país se llama Liliput?
Los viajes de Gulliver 2
Gulliver trató de hacerle entender al hombrecillo que estaba hambriento y sediento. Pero cuando le trajeron una bebida, ¡resultó estar drogada! Total que quedó dormido.
Mientras dormía, quinientos carpinteros e ingenieros construyeron una estrecha carreta de madera para trasladarlo a ver al emperador de Liliput. Fueron necesarios novecientos hombres armados con palos para colocarlo sobre la carreta y más de mil caballos para transportarlo a la ciudad.
La procesión se detuvo a las afueras de la población, junto a las ruinas de un viejo templo. Allí fue trasladado Gulliver, donde le colocaron pesadas cadenas en las piernas aseguradas con cientos de candados.
Cuando se despertó, Gulliver comprobó que habían cortado todas las ligaduras que le sujetaban. Se levantó despacio y miró a su alrededor. Asombrado, vio a sus pies una ciudad entera en miniatura, con casas, calles y parques. Miles de personajillos le contemplaban con la boca abierta.
A cierta distancia de la muchedumbre había un magnífico caballo, sobre el cual iba sentado el emperador, de porte majestuoso. Más alto y bien parecido que el resto de la gente que había visto hasta entonces Gulliver, el emperador de Liliput lucía un casco de oro, incrustado con piedras preciosas y decorado con un airoso penacho. En su diestra sostenía una espada casi tan grande como él, con la empuñadura engarzada con brillantes. El caballo, al ver a Gulliver, se encabritó asustado; entonces el emperador desmontó y caminó majestuosamente en torno a los enormes pies de Gulliver.
Cerca del templo había una elevada torre, casi tan alta como el propio Gulliver y, con mucho, el edificio más alto de Liliput. El emperador y sus cortesanos subieron las escaleras de la torre para ver mejor a Gulliver. Luego se dirigieron a él a través de bocinas. Pero aunque Gulliver les habló en inglés, alemán, francés, español e italiano, aquéllos parecían no entender una palabra de lo que les decía, y él no lograba entenderles a ellos. El emperador bajó de la torre y dio unas palmadas. De inmediato le fueron llevadas al gigante veinte carretas repletas de carne y pan.
Al mirar a la multitud que había congregada a sus pies, Gulliver pudo distinguir a las damas de la corte por sus lujosos ropajes. Cuando se inclinaron ante él con una reverencia, sus mantos de raso y las colas plateadas lanzaban destellos. Eran todas tan bonitas que Gulliver sintió deseos de tomar a una en sus manos para examinar "más de cerca sus diminutos vestidos. Pero era demasiado educado para hacer semejante cosa.
Los viajes de Gulliver 3
Las elegantes damas de la corte parecían escandalizadas y se taparon los ojos cuando vieron a Gulliver tomar cada carreta una por una y engullir la comida que le habían ofrecido. Al verle tragar barriles enteros de vino algunas hasta se desmayaron.
Al fin terminó la visita real y Gulliver se quedó a solas en el templo..., a solas, exceptuando a los cientos de soldaditos que le custodiaban.
Pero no todos los habitantes de Liliput se sentían felices de tener a un gigante encadenado tan cerca de la población. Aquella noche, un grupo de hombres se deslizaron furtivamente entre los guardias y atacaron a Gulliver con sus flechas, lanzas y cuchillos. Rápidamente fueron rodeados por la guardia personal del emperador, que les ataron las manos a la espalda. Con el puño de su afilada lanza, el capitán de la guardia fue empujando a los atacantes más y más cerca de las manos extendidas de Gulliver, al tiempo que parecía decir:
-Han intentado matarte, gigante. ¡Encárgate tú de ellos!
Gulliver tomó en sus manos a sus atacantes y se metió a cinco en el bolsillo. Al sexto lo sostuvo frente a su boca abierta como si fuera a tragárselo. ¡Cómo gritaba y chillaba aquel hombrecillo!
Los viajes de Gulliver 5
Pero Gulliver lo depositó suavemente en el suelo y luego colocó a los otros cinco junto a él. Rápidos como el rayo, todos salieron corriendo tan deprisa como se lo permitían sus piernecillas.
Toda Liliput estaba asombrada de la benevolencia mostrada por Gulliver hacia los hombres que habían intentado matarlo y corrieron a darle la noticia al emperador. Todos los ministros de Estado se hallaban reunidos en la corte para discutir lo que había de hacerse con el extraño gigante que las olas habían arrojado a la playa de Liliput.
-¡Ehg, likibugal bigismo avidaly! -dijo el emperador, lo cual significaba: "está claro que es un gigante amigable, no hay nada que temer". Pero Gulliver se sentía muy solo encadenado en el templo y deseaba poder huir y volver a su casa junto a su esposa y sus hijos.
Al descubrir que Gulliver no quería hacerles ningún daño y que era un hombre pacífico y amable, la gente de Liliput lo desató y lo dejó en libertad.
—Pero debes dar vuelta a tus bolsillos —dijo el emperador— para asegurarnos de que no llevas armas peligrosas.
Gulliver, que ya entendía algunas palabras del idioma liliputiense, se vació los bolsillos y colocó sus pertenencias en el suelo. El emperador se sorprendió tanto de lo que vio que dejó que toda la gente de Liliput se acercase a mirar aquellos objetos maravillosos.
—Ahora debes prometerme que vivirás en paz con todos los liliputienses -dijo el emperador Golbasto— y que defenderás a Liliput de sus enemigos.
—Me sorprende oír que tenéis enemigos, Majestad —dijo Gulliver, cortés.
—¡Oh, sí! Estamos en guerra con la gente de Blefuscu. ¿No lo sabías? Viven en una isla del otro lado del mar.
Poniéndose de puntillas, Gulliver pudo ver la isla. En realidad, no estaba muy lejos: sólo un estrecho la separaba de Liliput.
El puerto de Blefuscu se encontraba al amparo de los acantilados de la isla, y en él había una flota de cincuenta barcos de guerra, que no eran más grandes que los barcos de juguete con los que había jugado Gulliver de pequeño.
—Traedme cincuenta barras de hierro —dijo Gulliver.
La gente de Liliput se esforzaba y sudaba bajo el peso de las cincuenta vigas. Eran del tamaño de un alfiler.
Gulliver las dobló una tras otra, transformándolas en anzuelos.
—Ahora traedme la cuerda más fuerte del país.
Los liliputienses le llevaron un fino hilo. Gulliver ató el hilo a los anzuelos y entró en el agua caminando.
Nadó unos minutos en dirección a Blefuscu. Al llegar a aguas poco profundas, Gulliver se puso en pie y caminó hacia la costa.
En la playa se habían reunido treinta mil soldados y marinos de Blefuscu, que iban a invadir Liliput. Pero la aparición de Gulliver, que surgió de las aguas, llenó sus treinta mil corazones de pánico.
—¡Giganticus! —gritaron, creyendo que Liliput había contratado a un horrible gigante para luchar contra ellos—. ¡Gentelilli enviagor ferrífero gigantico! ¡Mató ranos!
Los Viajes de Gulliver 6
Los marineros de las cincuenta naves de guerra se tiraron por la borda y escaparon nadando para salvarse. Los soldados arrojaron sus arcos y sus flechas, y huyeron a esconderse en las montañas del interior del país.
Gulliver se detuvo en la playa, sacó los hilos y los anzuelos que llevaba y los fue enganchando uno tras otro a la proa de todos los barcos del puerto. Cortó las cadenas de las anclas con su cortaplumas y, luego, tirando de los cincuenta hilos, sacó los barcos del puerto y los llevó a Liliput.
La gente de Liliput gritó hasta quedar ronca al ver a Gulliver acarreando la flota con las cincuenta cuerdecillas. Cuando llegó a tierra, le aclamaron.
—¡Tres hurras para el Hombre Montaña! Ha salvado a Liliput.
Gulliver llevó los barcos al Puerto Real y luego fue a visitar al emperador.
—Ahora explicadme —dijo, agachándose junto a palacio— ¿Por qué estáis en guerra con Blefuscu?
—¡Porque son muy malos! —contestó el emperador Golbasto, que aún bailaba de alegría por la noticia de la victoria—. ¡Comen los huevos pasados por agua agujereando la parte redonda! ¿Te lo imaginas? ¡Es una costumbre repugnante! Pero ahora los hemos derrotado y los obligaremos a comerlos por la parte puntiaguda.
Gulliver no podía creer lo que oía.
—¿Estáis en guerra por eso? De haberlo sabido, nunca os habría ayudado.
De repente, se sintió muy solo entre toda aquella gente. Tenía ganas de volver a casa.
Le daban mucha pena los blefuscus que había derrotado y decidió visitar la isla para disculparse. Cuando el emperador Golbasto se enteró de lo que había hecho, se puso furioso.
—¡Traición! ¡Es un traidor a Liliput! ¡Lo mataré! ¡Envenenad su bebida!
¡Incendiad su casa! ¡Probablemente en este momento esté comiendo un huevo por la parte redonda!
El primer ministro señaló que les era muy útil tener un gigante a su servicio.
—No creo que tengamos que matar al Hombre Montaña, Majestad.
-Bueno -replicó Golbasto—, en vez de eso, le arrancaré los ojos.
Enviaron al heraldo de la corte a anunciar el castigo. Gulliver acababa de volver de Blefuscu y se había echado al sol mientras se le secaban las ropas. El heraldo se detuvo junto a su oreja y tocó una rara trompeta.
-Oh, Hombre Montaña, extranjero y traidor —leyó en un pergamino—, el glorioso emperador Golbasto ha decidido perdonarte la vida.
Gulliver se puso de pie y miró al heraldo.
—Pero como has traicionado a la nación de Liliput, los arqueros reales te arrancarán los ojos con sus agudas flechas, mañana al mediodía. ¡Dios salve a Golbasto!
Gulliver recogió sus escasas pertenencias y atravesó corriendo la ciudad hasta el puerto. Allí se encontraba el galeón real de Golbasto, que era el barco más grande de toda la flota liliputiense.
Cargó su chaqueta, su pistola y su sombrero en el galeón, lo sacó del pequeño puerto y salió nadando al mar. No miró atrás ni una sola vez; lo único que oía era el sonido de las olas a su alrededor.
Después de un rato, trepó al galeón. Era del tamaño de una cuna y se veía obligado a sacar los brazos y las piernas por el borde. El viento y la corriente del agua lo llevaron a través del océano. Arrullado por el suave movimiento del galeón, Gulliver cayó en un profundo sueño.
Los viajes de Gulliver 7
Entonces, desde lo alto del palo mayor de un barco mercante, un marinero descubrió el galeón con su catalejos.
Primero pensó que era un barril que había caído al mar, pero después vio a Gulliver.
En seguida despacharon un bote para recogerle.
Gulliver dio las gracias al capitán por haberle salvado; con el galeón bajo el brazo, descendió a su camarote. ¡Por primera vez en varios meses, iba a dormir en una cama! Durante el largo viaje a casa, se sentó todas las noches a cenar en la mesa del capitán y le contó sus extraordinarias aventuras en Liliput.